Así que el mundo era feliz, y el rostro del black-belt lucía verde y exuberante con las espesas motas de la espuma venidera del algodón.
Arriba, en la habitación de los enfermos, Zora yacía en la pequeña cama blanca. La red y el tejido de cosas interminables habían estado reptando y arrastrándose a su alrededor; ella había luchado con un terror mudo y sin palabras contra un asimiento poderoso que pugnaba por su vida, con dedos nudosos y reptantes; pero ahora al fin, débilmente, abrió los ojos y preguntó.
Bles, ¿dónde estaba? El Vellocino de Plata, ¿cómo era? ¿El Sol, el Pantano? Luego, al ver que todo iba bien, cerró los ojos y durmió.
Pasados unos días la dejaron sentarse junto a la ventana, y vio pasar a Bles, pero se retiró con timidez cuando él miró; y él solo vio el vuelo de su vestido, y saludó con la mano.
Por fin llegó un día en que la dejaron bajar al porche, y ella sintió el titilar de sus fuerzas de nuevo.
Sin embargo, lucía diferente; su robusta hermosura se había espiritualizado; su rostro se veía más pequeño, y su abundante cabello, peinado hacia abajo enmarcando sus orejas, realzaba su belleza fantasmal; su piel era oscura y transparente, y sus ojos se asomaban desde velos de terciopelo sombríos.
Por un momento se quedó recostada en su sillón, en un feliz y ensimismado placer ante el sol, el pájaro y el árbol. Bles aún no sabía que había bajado; pero pronto vendría a buscarla, pues venía cada hora, y ella presionó sus pequeñas manos contra su pecho para calmar los latidos de su corazón y el desbordante asombro de su amor.
Entonces, de repente, se apodero de ella el pánico. Él no debía encontrarla allí—no allí; no habia mas que un lugar en toda la tierra para que se encontraran, y ese era alli, en el Vellocino de Plata.