Hizo una pausa un momento, de cuerpo blanco y extremidades blancas, pero de brazos oscuros y aterciopelados, con su cuello lleno y su cabeza ovalada elevándose suntuosos y casi negros en lo alto, con sus ojos de luz profunda y su corona de silencioso cabello ensombrecido.
Para algunos, semejante revelación de gracia y feminidad en aquella muchacha salvaje, la suave transformación de la desgarbadez en hermosura, de la humildad en un tímido aplomo, constituyó una súbita alegría; para otros, una pura ceguera.
Mary Taylor estaba desconcertada y, de algún modo impreciso, asombrada; y muchas de las otras maestras no veían hermosura alguna, sino una rareza que les arrancaba una sonrisa.
Eran de esos que solo conocen la belleza por convención y la encuentran engarzada en la nariz, encorsetada, con miriñaque o tatuada, según dicten el tiempo y el lugar.
El cambio en Zora, sin embargo, no había sido ni cataclísmico ni revolucionario, y aún estaba lejos —muy lejos— de ser completo. Todavía corría y retozaba por el bosque, y soñaba sus sueños; seguía siendo apasionadamente independiente y «rara». Las tendencias simplemente se habían vuelto manifiestas, algunas dominantes. Se desarrollaría, sin trabas, hacia una brillante y suntuosa feminidad; orgullosa, conquistadora, vital y de generosos pechos —una apasionada madre de hombres. En esto residían toda su fiereza y extrañeza tempranas. En esto radicaba, aún medio oculto, vagamente intuido y por completo inexpresado, el poder de un amor poderoso y subyugante por un alma humana y, a través de ella, por todas las almas de los hombres. Todo esto yacía creciendo y desarrollándose; pero por el momento seguía siendo una niña, con una nueva timidez y gracia, y un corazón audaz y