de nuevo, volvió junto al fuego.
—¿Pero la semilla? —se atrevió a preguntar.
Ella señaló con ademán imponente hacia el techo. «La oscuridad de la luna, muchacho, la oscuridad de la luna... la primera oscuridad... a medianoche».
Bles no pudo arrancarle ni una palabra más; ni tampoco la anciana bruja, ni con palabras ni con la mirada, volvió a dar la más mínima señal de que era consciente de su presencia.
Con un renuente adiós, Bles emprendió el regreso a casa. Por un espacio de tiempo Zora lo observó, y una vez hizo el amago de seguirlo, pero regresó lentamente y se sentó junto al hogar.
De la noche surgieron voces y risas, y el ruido de ruedas y caballos al galope. No era la risa suave y retozona de los hombres negros, sino el sonido más agudo y metálico de los gritos de los hombres blancos, y Bles Alwyn se detuvo al borde del bosque, miró hacia atrás y dudó, pero un momento después decidió irse a casa y a la cama.
Zora, sin embargo, se puso en pie de un salto y huyó hacia la noche, mientras la bruja le gritaba y la maldecía desde atrás.
Hubo pisadas en el suelo de la cabaña, y voces altas, cánticos y maldiciones.
—¿Dónde está Zora? —gritó alguien con una maldición—. ¡Maldita sea! ¿Dónde está? No la he visto en un año, viejo demonio.
La bruja gimió y gruñó. Muy abajo, en el campo del Vellocino, Zora yacía acurrucada bajo un árbol alto y oscuro, dormida.