interrumpió, diciendo con amabilidad:
—Ya está; ha estado soñando. Ahora debe descansar tranquila. —Y con una inclinación de cabeza pasó a la otra habitación para hablar con su marido.
No estaba satisfecha. No había estado soñando. Le diría a Harry que le preguntara‚ÅÝ‚Äîno solía ver a su esposo, pero tenía que vérselo ahora y se levantó tambaleándose y se deslizó sin hacer ruido por la habitación. Se apoyó un momento contra la puerta, luego la abrió ligeramente. Del otro lado las palabras llegaron nítidas y claras:
„—¿Otros niños, doctor?“
„No debe tener más hijos, señor ¬ÝCresswell.“
„¿Por qué?“
„Porque los pecados de los padres recaen sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación.“
Lenta y suavemente, se alejó sigilosa. Su mente parecía muy clara. Y emprendió un largo viaje para llegar a su ventana y a su sillón‚ÅÝ‚Äîun viaje largo, muy largo; pero al fin se dejó caer de nuevo en el sillón y se quedó sentada, sin derramar una sola lágrima, preguntándose quién habría concebido este mundo y lo había hecho, y por qué.
Mucho tiempo después se encontró a sí misma tendida en la cama, despierta, consciente, con la mente clara. Sin embargo, pensaba lo menos posible, porque eso era dolor; pero escuchaba con agrado, pues afuera oía el solemne latido del mar, el poderoso y rítmico latido del mar. Largos días estuvo acostada, y se sentó y caminó junto a esas aguas inmensas y elocuentes, hasta que al fin conoció su voz y ellas le hablaron