un saloncito exquisito de tonos verdes y dorados, el tintineo de la porcelana fina y el murmullo de voces bajas, y el lago azul en la ventana; levantaba la vista, la puerta se abría suavemente y...
Justo en este momento ella alzó la vista, y toda la escuela la imitó al instante. El zumbido del lector en voz alta se acalló. La puerta se abrió con suavidad, y en el umbral apareció Zora.
Sus piececitos y delgados tobillos estaban negros y descalzos; su cabeza oscura, redonda y de frente ancha, y su rostro extrañamente hermoso, se erguían casi con desafío, coronados por una masa difusa de cabello sin ondas, e iluminados por el resplandor aterciopelado de dos ojos maravillosos. Y colgando del hombro al tobillo, en pliegues amorfos y ceñidos, brillaba con intensidad el vestido escarlata.