La educación de Alwyn
Miss Caroline Wynn, de Washington, tenía poca fe en el mundo y en su gente. Y esto no era enteramente culpa suya. El mundo había tratado con crueldad los jóvenes sueños y las tempranas ambiciones de la muchacha; en parte debido a su habitual descaro, en parte a esa reserva cínica y paralizante que hoy en día tiene para sus pueblos de piel más oscura. Al principio, la muchacha se había resentido amargamente por sus experiencias: * era brillante y estaba bien preparada; * tenía un verdadero talento para la escultura y había estudiado bastante; * descendía de al menos tres generaciones de mulatos respetables, quienes le habían dejado un pequeño patrimonio que le rendía tres o cuatro dólares al año. Además, aunque no era precisamente bonita, era atractiva e interesante, y había adquirido las marcas y enseñas de la buena educación. Quizás llevaba sus modales de manera un tanto afectada; quizás estaba un tanto obsesionada con la idea de no ser reconocida como una dama. Tampoco esto era innatural: su piel morena invitaba a una suposición diferente. A pesar de esta agresividad mental casi inconsciente, presentaba una imagen inmejorable, iba siempre bien arreglada y era de agradable conversación. Sin embargo, descubrió que casi todas las carreras le estaban cerradas. Al principio parecía algo accidental, los caprichos del azar. Luego lo achacó a su sexo; pero al fin estuvo segura de que, más allá de la casualidad y de su condición de mujer, era la línea del color la que la estaba encorsetando.