„Le ruego que me disculpe, ¿vive aquí la señorita Wynn, la que ganó el premio en la exposición de arte?“
La señora ¬ÝCresswell se volvió llena de asombro. Evidentemente era un reportero, y la criada lo estaba dejando entrar. La noticia llegaría a los periódicos y saldría publicada mañana. Con lentitud, tomó su automóvil y se dejó caer con cansancio sobre los cojines.
«¿A dónde, Madame?», preguntó el chófer.
—No me importa —respondió Madame; de modo que el chófer la llevó a casa.
Subió lentamente las escaleras. Todos sus planes cuidadosamente trazados parecían estar a punto de frustrarse y sus castillos se inclinaban hacia la ruina.
Aun todo no estaba perdido, si su marido seguía creyendo en ella. Si, como temía, llegaba a sospechar de ella a causa de esta mujer negra, y reñía con ella—
Pero él no debía hacerlo. Esa misma noche, antes de que salieran los periódicos de la mañana, ella tenía que explicárselo. Él tenía que verlo; tenía que valorar sus esfuerzos.
Se precipitó en su vestidor y llamó a su doncella. A pesar de sus nociones puritanas, intentó francamente embellecerse.
Recordó que era el aniversario de su llegada a esta casa. Sacó su vestido de novia y, aunque le quedaba ancho, la doncella le acomodó el Vellocino de Plata maravillosamente.
Oyó entrar a su marido y subir las escaleras. Terminando rápidamente de arreglarse, se apresuró a bajar para acomodar las flores, pues esa noche estarían solos. Sonó el teléfono. Sabía que sonaría arriba en su habitación,