El pueblo se desbordó para recibirlos‚ÅÝ‚Äî«¡Los asesinos! ¡Los asesinos! ¡Matad a los negros!» y se abalanzaron con ímpetu. El sheriff dio media vuelta y desapareció por la parte trasera. Se levantó una gran nube de polvo, se oyó un grito y un tumulto salvaje, mientras los rostros blancos y furiosos de hombres y muchachos brillaban un instante y se desvanecían.
Resona una centena de disparos o más; luego, lenta y silenciosamente, la masa de mujeres y hombres fue absorbida por las calles del pueblo, dejando tan solo remolinos negros en las esquinas que arrojaban miradas hacia atrás, hacia el pino pelado e imponente donde pendían dos cosas rojas y espantosas.
El pálido rostro de muchacho de la primera, con suaves ojos castaños, miraba ciego hacia el sol; el bronce muerto y curtido de la otra estaba tallado en un terror lastimoso.