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nydus/The Quest of the Silver FleecePublic
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XXXVII. La turba

Zora se preocupó cuando llegó la niña. Conocía el temperamento receloso de los blancos del pueblo. Al día siguiente, Taylor mandó un segundo caso, una criatura que se había lastizado hacía tiempo y no se estaba recuperando como debía.

Bajo el cuidado del pequeño hospital y la dulce enfermera, los niños mejoraron con rapidez y, a las dos semanas, ya estaban afuera, jugando con los niños negros y metiéndose incluso en las aulas para escuchar.

Las agradecidas madres venían al menos dos veces por semana; al principio con recelosa distancia, pero ablandándose poco a poco ante el tacto de Zora hasta que se sentaban a hablar con ella y le contaban sus penas y luchas.

Zora comprendió cuán humanas eran y cuán similares a los suyos eran sus problemas. Ellas y sus hijos llegaron a querer a esta mujer atenta y ocupada, y los temores de Zora se calmaron.

La catástrofe llegó de repente. El jerife pasó a caballo, con el ceño fruncido y buscando a algún pobre negro fugitivo, cuando vio a niños blancos en la escuela de negros y a mujeres blancas, a quienes conocía como obreras de la hilandería, que observaban la escena. Estaba negro de ira; dando la vuelta, galopó de regreso al pueblo.

Pocas horas después, el joven médico llegó a toda prisa en un coche de alquiler para llevarse a las mujeres y a los niños al pueblo. Le dijo algo en voz baja a Zora y se marchó, con el ceño fruncido.

Zora llegó rápidamente a la escuela y preguntó por Alwyn. Él estaba en el granero y ella se apresuró hacia allá.

„Bles, —dijo en voz baja—, se rumorea que una turba de Toomsville quemará la escuela esta noche”.

Bles se quedó inmóvil.

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