Colton desconfiaba. El sentimiento de unirse a los negros no parecía despertar el amargo resentimiento que él esperaba. Incluso le llegaron susurros a los oídos de que se había vendido a los terratenientes, y había suficiente verdad en el rumor como para asustarlo. Así, a ambos bandos les llegó el incómodo espectro de los hombres de raza negra, y ambas partes se pusieron a trabajar para conjurar al fantasma.
Particularmente el coronel Cresswell se sintió movido a la acción. Se dio cuenta de que en Bles y Zora trataba con una clase más joven de negros educados, que estaban aprendiendo a luchar con nuevas armas. Estaba seguro de que eran tan disolutos y débiles como sus padres, pero más astutos y ambiciosos. Debían ser aplastados, y aplastados con rapidez. Con este fin recurrió a dos fuentes de ayuda: Johnson y los blancos del pueblo.
Johnson era lo que el coronel Cresswell llamaba repetidamente «un negro fiel». Era uno de esos seres constitucionalmente tímidos en los que la servidumbre de sus padres había penetrado tan hondo que se había convertido en una segunda naturaleza. Para él, un hombre blanco era un arcángel, mientras que los Cresswell, los amos de su padre, representaban a Dios. Les servía con fe perruna, sin pedir recompensa, y lo que entregaba en reverencia hacia ellos lo recuperaba en desprecio hacia sus semejantes…: ¡«negros»! Aplicaba el epíteto con más desprecio del que el propio coronel podía expresar. Para los negros era un «negro de los blancos», digno de desprecio y temor.
A él el coronel Cresswell le dio unas pocas instrucciones elocuentes. Luego cabalgó hacia el pueblo y le volvió a hablar a Taylor de sus temores sobre un movimiento obrero que incluyera a blancos y negros. Taylor no lograba ver ningún gran peligro.
„Por supuesto —concedió—, al final terminarán juntándose; sus intereses son idénticos. Reconozco que nuestro juego consiste en retrasar esto todo lo posible“.