baratijas baratas. La miraron con respeto, y con uno de ellos ella conversó un poco mientras este se tocaba la gorra torpemente.
A medida que avanzaba el día, Zora se sintió extrañamente fatigada. No eran simplemente las cosas desagradables que seguían ocurriendo, sino la continua aprehensión de posibilidades desconocidas. Además, empezó a darse cuenta de que no había tomado nada de comer. Viajando con la señora ¬ÝVanderpool siempre había un almuerzo delicado a disposición. No esperaba eso, pero le preguntó al maletero:
„¿Sabes dónde puedo conseguir un almuerzo?“
—Vaya usted a saber —respondió, dejándose caer perezosamente en un asiento—. No hay una sola oportunidad entre aquí y Danville que yo sepa.
Zora contempló su difícil situación con cierta consternación‚ÅÝ‚Äî¡doce horas sin comer! Qué tonta por no haber pensado en esto. Las horas pasaron. Se dirigió desesperada al hosco revisor.
„¿Podría comprar un almuerzo en el coche comedor?“, preguntó ella.
—No, fue la cortante respuesta.
Se acomodó lo mejor que pudo y trató de alejar el asunto de su mente.
Recordó cómo, en años olvidados, a menudo había pasado un día entero sin comer y apenas le había dado importancia. La noche llegó lentamente y se quedó ensoñando hasta que llegó el grito: «¡Charlotte! ¡Cambio de vagón!».
Bajó a tropezones. No había escalón para llegar al andén, su maleta era pesada y el maletero estaba ocupado ayudando a bajar a la gente blanca. Vio un comedor descuidado con el rótulo «De color», pero no tuvo tiempo de ir, pues su tren estaba listo.