Avanzó chapoteando y pisando fuerte, cada vez más lejos, hasta que se acercó al terraplén del claro y puso el pie en el puente de árboles. Entonces miró hacia abajo. La laguna estaba seca. Se quedó un momento desconcertado, luego dio media vuelta y corrió hacia la isla. Un gran haz de deslumbrante luz solar barrió el lugar, y debajo yacía una inmensa masa de verde olivo, espesa, alta, mojada y flexible. ¡Los cuadros de algodón, de bordes bien definidos y pesados, estaban a punto de reventar en capullos! Y debajo, ¡la tierra yacía cuidadosamente drenada y negra! Durante un largo instante se detuvo, estupefacto, boquiabierto de absoluto asombro, para luego recostarse mareado contra un árbol.
El pantano, el eterno pantano, había sido desecado en su reducto más profundo; pero, ¿cómo?, ¿cómo? Miró a su alrededor, perplejo, asombrado. ¡Qué campo de algodón!, ¡qué campo tan maravilloso! Pero ¿cómo había sido salvado?
Rodeó lentamente la isla y se detuvo cerca del roble de Zora.
Aquí yacía la solución al enigma: con un trabajo y un dolor infinitos, alguien había cavado un canal desde la laguna hasta el arroyo, en el cual la primera había desaguado por un camino largo y tortuoso, permitiendo así que se vaciara directamente.
El canal avanzaba en línea recta, a lo largo de cien yardas a través de un suelo terco, y ahora exudaba aguas lodosas.
Se sentó débil, desconcertado, y un pensamiento predominaba: ¡Zora! Y con el pensamiento vino un bajo gemido de dolor. Dio media vuelta y saltó hacia el refugio goteante en el árbol. Allí yacía ella, mojada, desaliñada, inmóvil, de un pálido gris bajo su piel tensa y oscura, con sus