algún modo, ella y Zora encontrarían la manera.
Y Zora llegó justo cuando el sol lanzaba su último carmesí a través del pantano negro; llegó y tomó en sus brazos a la mujer frágil y de cabellos blancos; y lloraron juntas.
Largo y bajito hablaron, bien entrada la suave noche sureña; sentadas a la sombra bajo las estrellas, mientras muy cerca parpadeaban las luces somnolientas del dormitorio de las muchachas.
Por fin la señorita Smith dijo, incorporándose con rigidez:
„Olvidé preguntar por la señora ¬ÝVanderpool. ¿Cómo está y dónde está?“
Zora murmuró alguna respuesta; pero al irse a la cama en su pequeña habitación blanca, se quedó pensando con tristeza. ¿Dónde estaría