Sueños
Cayó la noche. Las aguas rojas del pantano se volvieron siniestras y sombrías. Los altos pinos perdieron su esbeltez y se erguieron en amplias manchas difusas a todo lo largo del camino, y un gran pájaro tenebroso se alzó, dio un giro y se disolvió, murmurando, en el cielo verde negruzco.
El muchacho dejó caer con cansancio su pesado fardo y se quedó quieto, escuchando cómo la voz de los grillos rasgaba las sombras y hacía audible el silencio. Una lágrima le recorrió la mejilla morena. Estaban cenando ahora, susurró—el padre y la vieja madre, allá atrás, más allá de la noche. Estaban muy lejos; nunca volverían a estar tan cerca como antes, pues él había entrado en el mundo. Y el gato y el Viejo Billy—¡ah, pero el mundo era algo tan solitario, tan ancho, alto y vacío! ¡Y tan desnudo, amargamente desnudo! De algún modo, nunca antes había imaginado el mundo como algo solitario; había partido hacia manos que hacían señas y tentaban, y hacia el zumbido ávido de las voces humanas, como el de una música grandiosa y creciente.
Mas ahora estaba solo; la noche vacía se cerraba en torno a él allí, en una tierra extraña, y tenía miedo.
El hatillo con su tesoro terrenal le había pesado cada vez más sobre el hombro; su pequeño tesoro de dinero iba apretadamente bollado en su calcetín, y la escuela yacía oculta en alguna parte, muy lejos, entre las sombras.
Se preguntaba qué tan lejos estaría; miraba y escuchaba, sobresaltándose al ritmo de sus propios latidos y temiendo cada vez más los largos y oscuros dedos de la noche.