Cruzó los árboles corriendo y se detuvo, un hombre alto de complexión fuerte pero esbelta. Alzó las manos a la vieja usanza y lanzó un grito; ella le devolvió el llamado con un alegre tarareo de cuna, suave, y esperó.
Él bajó hacia su encuentro con lentitud, con los ojos fijos y hambrientos, abriéndose paso entre los Vellones. Ella no se movió, sino que alzó ambas manos oscuras, blancas de algodón; y luego, al llegar él, arrojándolo de repente a los vientos, entre lágrimas y risas se tambaleó y cayó estremecida en sus brazos.
Y el mundo entero era sol y paz.