No era ninguna escritura, sino un contrato complejo que ataba de pies y manos al inquilino con el propietario. Ella suspiró, mientras él la observaba con avidez.
«Me estoy haciendo viejo», explicó, «y no tengo a nadie que cuide de mí. Ya no puedo trabajar como antes, y los capataces me arrean demasiado duro. Quiero un hogar pequeño donde morir».
A la señorita Smith se le anudó la garganta. No podía decirle que al paso que iban no conseguiría ninguno jamás; tan solo dijo:
„Lo… buscaré. Vuelve el próximo sábado.“
Luego la vio con tristeza alejarse cojeando al viejo esclavo andrajoso con sus preciados «papeles». Saludó al joven en la puerta