Aquellos días fueron de esperanza y duda alternadas para Bles Alwyn. La fuerza, la ambición y un amor inarticulado luchaban en su interior. Sentía, en los oscuros millares de su misma condición que lo rodeaban, un poderoso llamado a la acción.
Se iba volviendo consciente de la estrechez y rigidez de su mundo negro, y una roja ira destellaba en él una y otra vez al sentir sus ataduras. Su horizonte mental se iba ensanchando mientras se preparaba para la universidad del año próximo; vislumbraba tenuemente el mundo más vasto y pleno, y sus pensamientos y aspiraciones.
Pero junto a todo esto, y en torno y por encima de ello, como un éter sutil y penetrante, estaba... Zora. Sus sentimientos hacia ella aún no eran definidos, expresados ni comprendidos; eran más bien la atmósfera en la que todas las cosas ocurrían, se sentían y se juzgaban. De un pasatiempo divertido, ella había pasado a ser una compañera y cómplice de pensamiento; y ahora, más allá de esto, insensiblemente se iban deslizando hacia una fusión de almas más silenciosa y poderosa. Pero deslizándose, meramente... sin haber llegado; avanzando con suavidad, de manera irresistible, pero aún sin alcanzar la meta realizada.
Él sintió todo aquello como el despertar de una fuerza poderosa, pero no sabía lo que sentía. Las burlas de sus compañeros, los típicos chismes amorosos del patio escolar, le parecían muy distintos a su situación. Se reía de ello y lo negaba con indignación. Sin embargo, se sentía incómodo, inquieto, infeliz. Se imaginaba que a Zora le importaba menos su compañía, y él le prestaba menos atención, para luego desconcertarse al ver que el tiempo se le hacía tan vacío, tan patéticamente vacío, entre las manos. Cuando estaban juntos por aquellos días encontraban menos de qué hablar, y de no haber sido por el Vellocino de Plata, que con capricho mágico les abría la boca a ambos, su compañía habría sido poco más que una serie de silencios incómodos.