La agonía de Elspeth
¡Rico! Este fue el pensamiento que despertó en Harry Cresswell una sensación de bienestar infinito. ¡Rico! Ya no el espejismo y la apariencia de riqueza, el recuerdo de la opulencia, la sombra del homenaje sin la sustancia del poder... no; ahora la riqueza era real, dólares fríos y duros, y en montones. ¿Cuánto? Se rio a carcajadas mientras se giraba sobre la almohada. ¿Qué le importaba? Suficiente... suficiente. No menos de medio millón; tal vez tres cuartos de millón; tal vez —¿no seguía subiendo el algodón?— ¡un millón redondo y entero! Eso significaría de veinticinco a cincuenta mil al año. ¡Gran cielo! ¡Y había estado pasando necesidades con apenas un par de miles, intentando mantener las apariencias! Hoy los Cresswell eran casi millonarios; sí, y él podría casarse con más millones.
Se incorporó de un salto. Hoy Mary se marchaba al Norte. Lo había olvidado por completo en medio de la frenética emoción del rincón algodonero. La había descuidado. Por supuesto, siempre flotaba la duda persistente sobre si de verdad la quería o no. Ella tenía planta y porte; su belleza, aunque no deslumbrante, era joven, fresca y firme. Por otra parte, había en ella cierta independencia que a él no le gustaba asociar con las mujeres. Tenía ideas y nociones del mundo que, para su educación sureña, eran poco femeninas. Y, sin embargo, incluso esas cosas lo intrigaban y lo espoleaban como la visión de un potro indomito. Todavía no la había visto vacilar bajo sus miradas ni temblar ante su tacto.