«¡Bah! Voyo a darle un susto tal a la mujer de Smith que no volverá a poner las manos encima de nuestros niggers.» Y Harry Cresswell se alejó galopando.
Mary Taylor se hacía cargo de la oficina esa mañana, mientras la señorita Smith, encerrada en su dormitorio, repasaba laboriosamente sus cuentas.
La señorita Mary se enderezó de repente, lanzó una rápida ojeada al espejo y se palpó la parte posterior del cinturón. Era—no podía ser—sin duda, era el señor Harry Cresswell que entraba cabalgando por la puerta en su hermosa yegua blanca.
Abrió la puerta de una patada bastante violenta, no se detuvo a cerrarla y atravesó el césped al trote.
La señorita Taylor advirtió sus calzones y polainas de montar, su lino blanco y su rostro blanco, de rasgos finos y alcurnia. Tales apariciones eran escasas por aquellas tierras de campo. Sintió deseos de agitarse, pero se contuvo.
—Buenos días —dijo ella, con un poco de rigidez.
El Sr. ¬ÝCresswell se detuvo y miró fijamente; luego, levantándose el sombrero que había omitido quitarse al cruzar el vestíbulo, hizo una reverencia con majestuosa elegancia.
La señorita Taylor no era una estampa corriente. Su cabello castaño era casi dorado; sus ojos oscuros brillaban con destellos azules; su cutis era terso y saludable, y su vestido blanco ‚ÅÝ¡feliz coincidencia!‚Äî había sido almidonado esa misma mañana.
Su emoción a medio reprimir ante la repentina obligación de dar la bienvenida al gran aristócrata del condado, aportaba un toque picante a su hermosura.