ojos rojos que lo estrangula? No. Uno se sosiega, mira a la muerte a los ojos y habla con suavidad, por si acaso. Acto seguido, la señorita Wynn se sosiega, saluda alegremente a un conocido que pasa y compara unas cintas en unos grandes almacenes. El dependiente era nuevo y estaba deseoso de vender.
Entre tanto, su cerebro trabajaba sin descanso. Tenía por delante una dura tarea. La absurda conciencia y las ideas quijotescas de Alwyn eran difíciles de manejar. Tras su última charla indiscreta, ella se habíatrevido a reconvenirlo con habilidad, y recordaba muy bien la conversación.
«¿No era verdad lo que dije?», había preguntado él.
„Perfectamente. ¿Es esa una