adoptar niños en sus propios hogares; y finalmente les habló de la tierra que estaba comprando para los nuevos colonos y de las manos amigas que necesitaba. El predicador se movía inquieto y tosía, pero no se atrevía a interrumpir de verdad, pues la gente escuchaba sin aliento un tipo de discurso directo que rara vez escuchaban y del que estaban hambrientos.
Y Zora olvidó el tiempo y la ocasión. Los momentos volaron; la multitud aumentó hasta que el maravilloso hechizo de aquellos rostros oscuros y vueltos hacia arriba latió en su sangre. Sintió el anhelo salvaje de ayudarles repiqueteando en sus oídos y cegando sus ojos.
„¡Oh, pueblo mío! —casi sollozó—. Mi propia gente, no les pido que ayuden a los demás; les suplico que se ayuden a ustedes mismos. Rescaten a su propia carne y sangre… libérense… ¡libérense!“. Y de entre los cientos que se mecían y sollozaban estalló un gran „¡Amén!“. El rostro moreno del pastor se volvió cada vez más sombrío, y el sudor de la ira brotó en su frente. Se sintió engañado y estafado, y tenía la intención de vengarse. Doscientos hombres y mujeres se pusieron de pie y se comprometieron a ayudar a Zora; y cuando ella se volvió con el corazón rebosante para agradecer al predicador, este había abandonado la plataforma, y lo encontró en el patio susurrando oscuramente con dos diáconos. Se dio cuenta de su error y prometió enmendarlo durante la semana; pero la semana estuvo llena de planes, viajes y conversaciones.
El sábado amaneció fresco y despejado. Tenía la cena lista para cocinar en el patio: batatas, pan de maíz y suero de mantequilla, y un cerdo para hacer a la barbacoa. Todo estuvo listo a las ocho de la mañana. Emma y otras dos muchachas ayudantes estaban en un estado de expectación total. Llegaron las nueve y ni rastro de nadie. Llegaron las diez y las once. El mediodía en punto sorprendió a Zora oteando la carretera bajo su mano a modo de visera, pero ni un alma a la vista. Trató de pensarlo bien: