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nydus/The Quest of the Silver FleecePublic
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IV

«¡Eficientes!», exhaló el señor Caldwell con desdén; por fin había abordado una faceta del problema sobre la que podía explayarse con fervor. «Son los holgazanes más bajos, mal casados… con perdón… y buenos para nada de los que jamás haya oído hablar. Vaya, tenemos que mantenerlos y cuidarlos como a niños». Miró hacia allá, señalando con el dedo al otro lado de la plaza, hacia el palacio de justicia. Era un edificio antiguo de ladrillo y estuco, sombrío, zancudo y muy sucio. De él salió en fila indiana un arroyo de hombres; algunos negros y encadenados; algunos blancos, fanfarrones y generosos con el zumo de tabaco; algunos blancos, afeitados y tiesos. «Acaba de terminar la sesión del tribunal», continuó el señor Caldwell, «y a esos negros acaban de mandarlos a trabajos forzados; jóvenes además; educados pero buenos para nada. Son todos así».

Miss Taylor levantó la vista un poco desconcertada y advirtió una batería de ojos y oídos. Todo el mundo parecía estirar el cuello y escuchar, y sintió un repentino embarazo y una sensación de hostilidad medio velada en el aire. Con un par de preguntas más de trámite y una apresurada expresión de agradecimiento, se escapó al aire libre.

Toda la plaza parecía holgazanear y remolonear‚ÅÝ‚Äîel mundo blanco apostado en los pórticos y sillas, en puertas y ventanas; el mundo negro filtrándose desde las puertas hasta la acera y el bordillo. El cuadrilátero polvoriento y caluroso se extendía en sombría atonía hacia el templo del pueblo, como rindiendo pleitesía a los juzgados. Por las escaleras de los juzgados el alguacil, con el Winchester al hombro, traía al último prisionero‚ÅÝ‚Äîun muchacho de rizos, rostro dorado y grandes ojos castaños de miedo.

—Es uno de los muchachos de Dunn —dijo Bles—. Está borracho otra vez, y dicen que ha estado robando. Supongo que tenía hambre. Y salieron de la plaza rodando.

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