Un instante se detuvo y miró hacia atrás; luego, lenta, casi dolorosamente, tomó el sendero de regreso al campo del Toisón, y tras alcanzarlo después de largos, muy largos minutos, comenzó mecánicamente a pizcar el algodón. Pero el algodón brillaba de color carmesí bajo el sol moribundo.
Bles caminaba hacia la escuela. ¿Qué había pasado? no dejaba de preguntar. Y, sin embargo, no se atrevía a cuestionar la horrible figura que yacía en alguna parte, fría y silenciosa, detrás de su alma.
Volvió a oír casco de caballos. Era la señorita Taylor, a quien traían de vuelta a la escuela para saludar a la señorita Smith y darle la noticia de la llegada del grupo. Él se quitó el sombrero. Ella no le devolvió el saludo, pero él vio que se detenía en la puerta. Le parecía demasiado espantoso que este tonto individuo se desperdiciara de ese modo. Lo miró de frente y él se encogió como si le fuera a caer un golpe encima.
„Bles“, dijo con rectitud, „¿no tienes absoluta vergüenza?ª
Se armó de valor y levantó la cabeza con orgullo.
‚ÄúVoy a casarme con ella; no es ningún crimen.‚Äù Entonces advirtió la expresión en su rostro y se detuvo.
Ella retrocedió, escandalizada.
—¿Es posible, Bles Alwyn —dijo ella—, que no sepas qué clase de muchacha es?
Él levantó las manos y apartó sus palabras, mudo, mientras ella se giraba para irse, casi asustada por el estropicio que veía.
Los cielos ardieron en escarlata ante sus ojos y él gritó.