Miss Caroline Wynn
Bles Alwyn estaba sentado en la antesala de la oficina del senador Smith en Washington. El senador aún no había llegado, y también había otros esperando.
El joven se sentó en un rincón, soñando. Washington era su primera gran ciudad, y le parecía una delicia inacabable: las calles, los edificios, las multitudes; las tiendas, las luces y el ruido; el panorama caleidoscópico del quehacer de un mundo, las miríadas de formas y rostros, la charla y la risa de los hombres. Todo era una magia maravillosa para el muchacho de campo, y estiró los brazos, llenó los pulmones y exclamó: «¡Aquí he de vivir!».
Especialmente se sentía atraído por los de su propia raza. Parecían transformados, revividos, cambiados. Algunos podrían ser confundidos con peones agrícolas en un día de fiesta‚ÅÝ‚Äîpero no muchos. A otros no los reconoció‚ÅÝ‚Äîle parecieron extraños y ajenos‚ÅÝ‚Äîmás agudos, más rápidos, y a la vez más prepotentes y más inescrupulosos.
Había aún otros‚ÅÝ‚Äîy al verlos, Bles se enderezó y respiró como un hombre. Eran hombres y mujeres bien vestidos y de buen parecer, que caminaban erguidos y miraban a los ojos, y parecían personas de negocios y dinero. Habían llegado‚ÅÝ‚Äîeran hombres‚ÅÝ‚Äîllenaban el ideal de su mente‚ÅÝ‚Äîsentía deseos de acercarse a ellos, estrechar sus manos y decir: „¡Al fin, hermano!“. Ah, era bueno encontrar los propios sueños, caminando a la luz, en carne y hueso. Continuamente tales pensamientos surgían por su cerebro, y