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nydus/The Quest of the Silver FleecePublic
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XXXIV. El regreso de Alwyn Bles

Las habitaciones de la cabaña eran limpias y luminosas, provistas de libros y cuadros, juguetes sencillos y un fonógrafo.

El patio era un amplio y áureo terreno de juego, y durante todo el día la música del alegre tarareo de los niños y el canto de las niñas resonaban y temblaban entre los árboles, mientras jugaban, cosían, lavaban y trabajaban.

De los Cresswell, de los Maxwell y de otros llegaban cargas de ropa para lavar y remendar. A las muchachas Tolliver les hacían vestidos sencillos, se encargaban bordados del pueblo y pronto estarían listos los huertos y los campos de algodón.

La señora ¬ÝCresswell bajaba paseando por las mañanas.

  • A veces hablaba con las muchachas mayores y jugaba con los niños;
  • a veces se sentaba oculta en el bosque, escuchando y vislumbrando y pensando, pensando, hasta que le daba vueltas la cabeza y el mundo danzaba rojo ante sus ojos; hoy se levantó con fatiga, pues se acercaba el mediodía, y emprendió el camino a casa.

Vio a Alwyn avanzar a zancadas por el camino hacia el comedor de la escuela, donde estaba a cargo de los estudiantes en la comida del mediodía.

Alwyn quería el criterio y el consejo de la señora ¬ÝCresswell. Empezaba a dudar de su propia valoración de las mujeres. Evidentemente, algo andaba mal en sus normas; por consiguiente, buscaba la oportunidad de hablar con la señora ¬ÝCresswell cuando ella andaba por allí, esperando que sacara el tema de Zora por iniciativa propia. Pero ella no lo hacía. Estaba demasiado ocupada con sus propias preocupaciones y problemas, y se alegraba enormemente de encontrar oídos dispuestos y comprensivos en los que verter sus pensamientos.

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