—Debemos casarnos… antes de Navidad, Zora —confesó al cabo, sin mirarla. Sintió que la cesta se detenía y levantó la vista. Los oscuros ojos de ella estaban fijos en él y vio algo en lo más hondo de su mirada que lo hizo volver en sí y comprender su desliz.
„¡Zora! —balbuceó—, ¡perdóname! ¿Te casarías conmigo?
Ella lo miró con calma, con infinita compasión. Pero su respuesta fue pronunciada sin vacilar; nítida, directa.
—No, Bles.