ojos febriles buscando inquietantemente algo perdido, y sus labios gimiendo.
En mudo desespero se dejó caer junto a ella y la tomó en sus brazos.
La tierra se tambaleó bajo sus pies mientras avanzaba tropezando; el lodo salpicaba y la luz del sol brillaba; vio largas serpientes deslizándose por su camino y a bestias aterrorizadas huyendo a su paso.
No se detuvo ni por senderos ni por caminos, sino que fue directo a la escuela, corriendo a grandes zancadas, aunque con suavidad, escuchando los gemidos que herían de muerte su corazón.
Una vez cayó de bruces, pero con un gran esfuerzo la protegió de cualquier daño y no hizo caso del dolor que le atravesó las costillas.
El sol amarillo brillaba con fiereza a su alrededor y sobre él, mientras tropezaba al entrar en la carretera, se abría paso con torpeza por el camino cubierto de barro y subía jadeando al porche.
—¡Señorita Smith…! —jadeó, y después… la oscuridad.
Los años de los días de su agonía fueron diez. El muchacho que entró en la oscuridad y en la sombra de muerte salió convertido en hombre, un hombre callado y grave, que trabajaba furiosamente y rondaba, día y noche, la pequeña ventana sobre la puerta.
Por fin, una mañana gris en la que la tierra estaba más silenciosa, vinieron a decirle: «¡Ella vivirá!». Y él salió bajo las estrellas, levantó sus largos brazos y sollozó: «¡Maldíceme, oh Dios, si dejo que la vuelva a perder!». Y Dios recordó esto en los años venideros.
La esperanza y el sueño de la cosecha se extendían por la tierra. La cosecha de algodón había sido escasa y pobre a causa de las grandes lluvias; pero el sol había salvado lo mejor y el precio se había disparado.