yo»‚ÅÝ—hizo amago de hablar, pero no pudo—‚ÅÝ«quiero saber qué opina usted de Zora».
—¡Sobre Zora! —jadeó débilmente. La repentina reacción, la repulsión de sus agitados sentimientos, la dejó sin aliento.
„Sobre Zora. Sabes que la quería muchísimo de muchacho… cuánto la he querido es algo que acabo de empezar a comprender: me he estado preguntando si comprendí… si no fui…“
La señora ¬ÝCresswell se puso en pie con enojo.
—Has venido aquí a hablarme de ese... de ese... —se ahogó, y Bles pensó que sus peores temores se hacían realidad.
—¡Mary, Mary! —La voz del coronel Cresswell los interrumpió de repente. Con un sobresalto de temor, la señora Cresswell salió apresurada al vestíbulo y cerró la puerta.
—Mary, ¿ha estado ese negro de Alwyn por aquí esta tarde? —El señor Cresswell subía las escalera, llevando su fusta de montar.
—¡Pues no! —respondió, mintiendo instintivamente antes de darse cuenta del todo de lo que su mentira significaba. Titubeó—. Es decir, no lo he visto. Debo de haberme quedado dormida sobre el libro —mirando hacia la pequeña galería al frente del vestíbulo superior, donde estaba su mecedora con el libro. Luego, con un terrible destello de iluminación, comprendió lo que su mentira podría significar, y su corazón se detuvo.
Cresswell se acercó a grandes zancadas.
«Lo vi subir… tuvo que haber entrado. No está en ninguna parte de la planta baja», vaciló y frunció el ceño. «¿Has estado en tu salita?». Y luego, sin esperar respuesta, se encaminó a grandes zancadas hacia la puerta.