The Cotton Corner
Por toda la tierra, el algodón había espumado en grandes copos blancos bajo el sol de invierno. El Toisón de Plata yacía como un poderoso manto sobre la tierra. Hombres negros y mulos se habían tambaleado bajo su carga, mientras profundos cantos brotaban en los corazones de los hombres; porque el Toisón era hermoso, resplandeciente y suave, y los hombres soñaban con el oro que compraría. Todos los caminos del país se habían llenado de carros — un millón de carros que iban y venían velozmente con mulos esforzados y hombres negros risueños, cargando masas burbujeantes de Toisón blanco amontonado. Las desmontadoras aún rugían y escupían llamas y humo — cincuenta mil de ellas en pueblos y valles. Luego, gargantas de hierro roncas se llenaron con quince mil millones de libras de algodón de vellón blanco y motas negras, para que las sierras giratorias arrancaran la semilla y arrojaran cinco mil millones de libras de fibra sedosa a la prensa.
Y de nuevo los hombres negros cantaban, como oscuros espíritus de la tierra revoloteando en la penumbra; las prensas crujían y gemían; más y más apretaban el vellón sedoso. Este se estreme-ció, tembló, y luego quedó comprimido, muerto y quieto, en macizos, duros y cuadrados bultos, atados con cuerdas de hierro. Cayeron los pesados fardos, millar tras millar, millón tras millón, hasta que se posaron sobre el Sur como un vasto y apagado enjambre de aves. El coronel Cresswell y su hijo, en aquellos días, mantuvieron una larga y seria conversación salpicada aquí y allá por las explosiones de la cólera del Coronel. El Coronel no lograba comprender ciertas cosas.
—¿Quieren que revivamos la Liga de Agricultores? —exigió con fiereza.