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V

Los generales la consideraron una ocurrencia bastante ingeniosa, pero de realización impracticable, pues al otro lado había masas de caballería apostadas y listas para impedir el paso; las cuales, para empezar, no permitirían que el primer destacamento de cruzadores llevara a cabo ninguna parte del plan.

Bajo estas circunstancias, al día siguiente dieron media vuelta y comenzaron a desandar sus pasos en dirección a Babilonia, hacia los pueblos no incendiados, tras haber prendido fuego previamente a los que dejaban atrás, de modo que el enemigo no cabalgaba hacia ellos, sino que se quedaba mirando, boquiabierto al ver en qué dirección iban a dirigirse los helenos y qué tenían la intención de hacer.

Aquí de nuevo, mientras el resto de los soldados andaban ocupados en las provisiones, los generales y oficiales se reunieron en consejo y, tras reunir a los prisioneros, los sometieron a un interrogatorio cruzado acerca de todo el país circundante, los nombres y demás detalles de cada distrito.

Los prisioneros les informaron que las regiones del sur, por las que habían venido, pertenecían al distrito situado hacia Babilonia y Media; el camino del este conducía a Susa y Ecbatana, donde se dice que el rey pasa el verano y la primavera; cruzando el río, el camino del oeste conducía a Lidia y Jonia; y la parte a través de las montañas que miraba hacia la Osa Mayor, conducía, según dijeron, a los carducos (1).

Eran un pueblo, según los prisioneros, que habitaba en las colinas, entregado a la guerra y no sujeto al rey; tanto es así que en una ocasión, cuando un ejército real de ciento veinte mil hombres los había invadido, ni un solo hombre regresó, debido a lo intrincado del país.

Ocasionalmente, sin embargo, hacían tregua o tratado con el sátrapa en la llanura, y por el momento había intercambio: «ellos entran y salen entre nosotros» y «nosotros entramos y salimos entre ellos», dijeron los cautivos.

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