Pero cuando los helenos estuvieron cerca, los nativos, para asombro de todos, abandonaron el cerro sin presentar combate. Se conjeturó que habían dejado su posición por temor a ser cercados y sitiados, pero el hecho era que ellos, desde su terreno más elevado, habían podido ver lo que ocurría en la retaguardia, y todos habían huido de esta manera para atacar a la retaguardia.
Así pues, Jenofonte, con los hombres más jóvenes, ascendió hasta la cima, dejando ordenes a los demás de marchar despacio para permitir que las compañías de la retaguardia se reunieran con ellos; debían avanzar por el camino y, al llegar a la meseta, presentar armas (3).
Mientras tanto llegó el argivo Arquágoras en plena huida, con la noticia de que habían sido desalojados de la primera cresta y que Cefisodoro y Anfícrates habían muerto, junto con muchos otros, de hecho todos los que no se habían precipitado por los riscos y alcanzado así la retaguardia.
Tras esta hazaña, los bárbaros llegaron a una cresta frente al mamelón, y Jenofonte sostuvo una conversación con ellos por medio de un intérprete para negociar una tregua, y les reclamó los cuerpos de los muertos. Estos accedieron a devolverlos con la condición de que él no quemara sus casas, y Jenofonte aceptó estos términos.
Mientras tanto, mientras el resto del ejército desfilaba y la conversación continuaba, toda la gente del lugar tuvo tiempo de reunirse poco a poco, y el enemigo se formó; y tan pronto como los helenos empezaron a descender del mamelón para unirse a los demás donde las tropas se habían detenido, se precipitó el enemigo, con todas sus fuerzas, entre gritos y alboroto.
Llegaron a la cima de la colina mamelonar desde la cual descendía Jenofonte, y comenzaron a despeñar rocas. La pierna de un hombre quedó hecha pedazos.