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II. Los drilas

más eficaz en la lucha venidera. Codo con codo se mantenían juntos, estos capitanes, no por primera vez en el día competidores por el premio de la virtud varonil.

Mientras ellos andaban en esto, él —el general— se ocupaba de transmitir su orden a lo largo de las filas de la infantería ligera y de los arqueros, respectivamente, para que marcharan con el dardo en la correa y la flecha en la cuerda, listos a la voz de «¡disparen!» para lanzar sus proyectiles, mientras que las tropas ligeras debían llevar sus zurrones bien provistos de piedras para honda; por último, despachó a sus ayudantes para que vigilaran el cumplimiento adecuado de estas órdenes.

Y ahora los preparativos habían concluido: los oficiales y los tenientes y todos los demás que pretendían ser pares de estos, estaban formados en sus respectivos lugares. Con una sola mirada cada uno podía dominar al resto en la disposición semicircular que el terreno propiciaba.

Pronto se elevaron los acordes del himno de guerra, resonó la clarinada y, con un grito estremecedor en honor al dios de la guerra, comenzó la carga de la

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