Pero tan pronto como empezaron a retirarse, se precipitó contra ellos desde el interior una muchedumbre de tipos, armados con escudos de mimbre y lanzas, grebas y cascos paflagonios. A otros se les veía escalar las casas a uno y otro lado del camino que conducía a la ciudadela. Incluso la persecución en dirección a la ciudadela era peligrosa, ya que el enemigo no dejaba de arrojarles desde arriba grandes vigas, de modo que tanto detenerse como huir resultaba igualmente peligroso, y la noche que se aproximaba estaba llena de terrores.
Pero en medio de su combate y de su desesperación, algún dios les dio un medio de salvación. De repente, prendida por quien sabe qué mano, saltó una llama; procedía de una casa a la mano derecha y, a medida que esta se fue derrumbando poco a poco, la gente de las otras casas de la derecha puso los pies en polvorosa y huyó.
Jenofonte, teniendo muy presente esta lección de la fortuna, ordenó prender fuego también a las casas de la izquierda, las cuales, por ser de madera, ardieron rápidamente, con el resultado de que los ocupantes de estas también emprendieron la huida. Los hombres situados inmediatamente en su frente eran ahora el único estorbo, y estos corrían el peligro de abalanzarse sobre ellos a su salida y en el descenso. Allí se dio entonces la orden para que todos los que estaban fuera de alcance trajeran troncos de madera y los apilasen entre ellos y el enemigo, y cuando hubo suficiente cantidad de estos, les prendieron fuego; asimismo incendiaron las casas a lo largo de las propias trincheras, con el fin