Tras esto, mientras esperaban, vivieron en parte de los víveres del mercado y en parte de los frutos de sus incursiones en Paflagonia. Los paflagonios, por su parte, demostraron gran habilidad para capturar a los rezagados dondequiera que pudieran echarles mano, y por la noche intentaban hacer daño a aquellos cuyos alojamientos estaban más alejados del campamento.
El resultado fue que sus relaciones mutuas se volvieron sumamente hostiles, tanto que Corilas, que era el jefe de Paflagonia por entonces, envió embajadores ante los helenos con caballos y bellas vestiduras, y con la misión de proponer, por parte de Corilas, un acuerdo con los helenos basado en el principio de la abstención recíproca de hostilidades.
Los generales respondieron que consultarían al ejército sobre el asunto. Entre tanto, les ofrecieron una hospitalaria acogida a la que invitaron a ciertos miembros del ejército cuyos méritos eran evidentes. Sacrificaron algunas de las reses capturadas y otras víctimas sacrificiales, y con ellas prepararon un banquete bastante festivo; y recostados en sus camastros, se pusieron a comer y beber en copas hechas de cuerno que acertaron a encontrar por el país.
Pero tan pronto como terminó la libación y hubieron entonado el himno, se levantaron primero unos tracios, que ejecutaron una danza bajo las armas al son de una flauta, saltando alto en el aire con mucha agilidad y blandiendo sus espadas, hasta que al fin un hombre golpeó a su compañero, y todos creyeron que estaba realmente herido, con tanta destreza y arte cayó, y los paflagonios gritaron. Luego, el que dio el golpe despojó al otro de sus armas y se marchó entonando el «Sitalcas (1)», mientras que otros de los tracios se llevaban