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III

los fragmentos a unos y a otros según le pareció conveniente; e hizo lo mismo con la carne, reservándose para sí apenas un bocado. Entonces los demás se pusieron a imitar el ejemplo que se les había dado, al menos aquellos que tenían mesas colocadas a su lado.

Había entonces un arcadio, de nombre Aristas, un gran comilón; pronto se cansó de andar lanzando los trozos y agarró con ambas manos un buen pan de tres libras, se colocó unos trozos de carne sobre las rodillas y se dispuso a despachar su cena.

Luego se pasaron copas de vino y todos bebieron por turno; mas, cuando el copero llegó a Aristas y le entregó la copa, este alzó la vista y, al ver que Jenofonte había terminado de comer:

«Dásekla a él —dijo—, que está más desocupado. Yo tengo algo mejor que hacer por ahora».

Seutes, al oír un comentario, le preguntó al copero qué se había dicho, y el copero, que sabía hablar griego, se lo explicó. Entonces estalló una carcajada.

Cuando la sesión de bebida hubo avanzado un tanto, entró un tracio con un caballo blanco, el cual arrebató la copa rebosante y dijo: > «¡Por tu salud, oh Seutes! Permíteme regalarte este caballo. Montado en él, alcanzarás a quien elijas perseguir, o al retirarte del combate, no temerás al enemigo». Le siguió alguien que trajo a un muchacho y se lo ofreció debidamente con un «¡Por tu salud, oh Seutes!». Un tercero tenía «ropas para su esposa». Timasión el dardanio brindó por Seutes y le entregó una copa de plata (3) y una alfombra por valor de diez minas. Gnesipo, un ateniense, se levantó y

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