A las preguntas que se les hacían, los fugitivos que huían en desbandada repetían la misma historia: había una ciudadela dentro y multitudes de enemigos hacían salvajes salidas y vapuleaban a los tipos de adentro.
Al oír esto, Jenofonte ordenó al heraldo Tolmides que proclamara: «Entren todos los que tengan la intención de capturar algo».
Se precipitó la multitud rugiente, y la corriente en contra de las personas que se abrían paso a codazos se impuso al caudal de los que salían, hasta que hicieron retroceder y volvieron a encerrar al enemigo dentro de la ciudadela.
Así, todo lo que estaba fuera de la ciudadela fue saqueado y pillado por los helenos, y la infantería pesada tomó posiciones, unos junto a las empalizadas, otros a lo largo del camino que conducía a la ciudadela. Jenofonte y los oficiales, entretanto, sopesaron la posibilidad de tomar la ciudadela, pues de lograrlo su seguridad estaría garantizada; de lo contrario, sería muy difícil escapar.
Como resultado de sus deliberaciones, convinieron en que el lugar era inexpugnable. Acto seguido comenzaron los preparativos para la retirada. Cada grupo procedió a derribar la empalizada que tenía enfrente; además, enviaron a todos los que no servían o tenían bastante con cargar con sus bultos, acompañados por la masa de la infantería pesada; los oficiales, por su parte, dejaron atrás a hombres en los que cada uno podía confiar.