Verdaderamente era ridículo que las cosas hubieran llegado a tal punto que los lacedemonios se enfurruñasen porque varios amigos se habían reunido a cenar y habían omitido elegir a un lacedemonio para presidir la mesa. > «En verdad, si así están las cosas», dijo, «no veo qué derecho tenemos nosotros a ser oficiales siquiera, nosotros que no somos más que arcadios». Esa ocurrencia arrancó los aplausos de la asamblea; y Jenofonte, viendo que se necesitaba algo más, dio un paso al frente de nuevo y habló: «Perdonad, señores», dijo, «dejadme que os hable con el corazón en la mano. Os lo juro por todos los dioses y diosas; de verdad y a ciencia cierta que, no bien percibí vuestro propósito, consulté a las víctimas para ver si era mejor que me encargarais este liderazgo y que yo lo asumiera, o lo contrario. Y los dioses me concedieron una señal tan clara que incluso un hombre común podría haberla entendido y percibido que de tal soberanía debo abstenerme por
Bajo estas circunstancias eligieron a Quirísofo, quien, tras su elección, dio un paso al frente y dijo: > «Pues bien, señores, estad muy seguros de esto: que si hubierais elegido a otro, por mi parte no habría levantado una oposición facciosa. En cuanto a Jenofonte, creo que le habéis hecho un favor al no nombrarle; pues incluso ahora Dexipo ha avanzado bastante en calumniarle ante Anaxibio, hasta donde estuvo en su poder hacerlo, y eso a pesar de mis intentos por reducirle al silencio. Lo que dijo fue que creía que Jenofonte preferiría compartir el mando del ejército de Clearco con Timasión, un dardanio, antes que con él mismo, un lacedemonio». Pero —continuó Quirísofo—, «puesto que vuestra elección ha