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VI

aquel vasto ejército de hoplitas helenos, y aquella otra formación de peltastas, arqueros y honderos, con caballería además, y todos en un estado de total eficacia debido a una larga práctica, veteranos aguerridos, y reunidos en el Ponto, donde reunir una fuerza tan grande costaría una fortuna. Entonces se le alumbró la idea: ¡qué gran oportunidad de adquirir nuevos territorios y poder para la Hélade mediante la fundación de una colonia!, una ciudad de no escasa magnitud, por lo demás, se decía a sí mismo al calcular su propio número y, además de ellos, una población asentada en las costas del Ponto. Inmediatamente convocó a Silano de Ambracia, el adivino de Ciro antes mencionado, y antes de decirle una sola sílaba a ninguno de los soldados, consultó a las víctimas mediante el sacrificio.

Pero Silano, temeroso de que estas ideas cobraran forma y el ejército quedara detenido permanentemente en algún punto u otro, hizo circular un rumor entre los hombres en el sentido de que Jenofonte tenía la intención de retener al ejército y fundar una ciudad para granjearse un nombre y adquirir poder, queriendo él mismo llegar a Hélade con la mayor celeridad posible, por la sencilla razón de que aún conservaba los tres mil dáricos que le había regalado Ciro con ocasión del sacrificio, cuando acertó tan felizmente con lo de los diez días. La historia de Silano fue recibida de diversas maneras: unos pocos soldados pensaron que sería una excelente idea quedarse en aquel país, pero la mayoría se mostró firmemente en contra. El siguiente incidente ocurrió cuando Timasión el dardanio y Tora, el beocio, se dirigieron a unos comerciantes heracleotas y sinopes que habían venido a Cotyora, y les dijeron que, si no hallaban la manera de proporcionar al ejército la soldada suficiente para proveerse de víveres en el viaje de regreso, con toda probabilidad aquella gran fuerza se establecería permanentemente en el Ponto.

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