Pasados pocos días, no muchos, los tracios de las montañas bajaron con el deseo de acordar con Seutes los términos de una tregua y el intercambio de rehenes. Al mismo tiempo acudió Jenofonte para informar a Seutes de que estaban acampados en malas condiciones, con el enemigo a la puerta; «sería también más agradable», añadió, «acampar al raso en una posición fuerte que bajo techo al borde de la destrucción».
El otro le mandó cobrar ánimo y señaló a algunos de sus rehenes, dando a entender: «¡Mira aquello!». Partidas procedentes de los montañeses también bajaron y le suplicaron al propio Jenofonte que les ayudara a concertar una tregua. Este aceptó hacerlo, animándoles a cobrar valor y asegurándoles que no sufrirían ningún daño si seantenían obedientes a Seutes.
Toda aquella negociación, sin embargo, resultó ser meramente un ardid para examinar las cosas de más cerca. Esto ocurrió de día, y en la noche siguiente los tinios descendieron de la región montañosa y lanzaron un ataque. En cada caso, el guía fue el dueño de la casa atacada; de otro modo les habría costado mucho esfuerzo descubrir en la oscuridad las viviendas que, por causa de sus rebaños y ganados, estaban rodeadas de grandes empalizadas.
Tan pronto como llegaban a las puertas de una casa en particular, comenzaba el asalto: unos arrojaban sus lanzas, otros golpeaban con las porras que llevaban, según se decía, con el propósito de desbancar las puntas de lanza de los astiles. Otros se afanaban en prender fuego al lugar, y no dejaban de llamar a Jenofonte por su nombre: «Sal, Jenofonte, y muere como un hombre, o te asaremos vivo ahí dentro».
Por entonces también las llamas empezaban a asomar a través del tejado, y Jenofonte y los suyos se encontraban dentro, con sus cotas de malla puestas, y grandes escudos, espadas y cascos. Entonces Silano, un macistio (2), un joven de unos dieciocho años, dio la señal con la