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II

de carga; a la otra mitad la tenía consigo. En su recorrido se encontraron con una cresta por encima del camino, ocupada por el enemigo, al que debían desalojar o verse ellos mismos cortados del resto de los helenos. Los hombres por sí solos habrían podido tomar la misma ruta que el resto, pero los animales de carga no podían subir por ningún otro camino que este.

He aquí que entonces, con gritos de aliento mutuos, se lanzaron contra la colina con sus columnas de asalto, no por todos lados, sino dejando una vía de escape para el enemigo, si este decidía aprovecharla. Durante un momento, mientras los hombres trepaban por donde cada uno mejor podía, los nativos mantuvieron un fuego de flechas y dardos, mas no los recibieron en combate cuerpo a cuerpo, sino que al poco tiempo abandonaron la posición en huida.

No bien hubieron dejado atrás los helenos este collado con seguridad, cuando divisaron ante ellos otro, también ocupado, y creyeron conveniente asaltarlo asimismo. Pero a Jenofonte se le ocurrió entonces que, si dejaban la cresta recién tomada sin protección a su retaguardia, el enemigo podría volver a ocuparla y atacar a los animales de carga a medida que pasaban en fila, presentando una línea muy extendida debido a lo estrecho del camino por el que avanzaban.

Para evitarlo, dejó a algunos oficiales al mando de la cresta —Cefisodoro, hijo de Cefisofonte, ateniense; Anfícrates, hijo de Anfidemo, ateniense; y Arquégoras, un exiliado argivo—, mientras él en persona, con el resto de los hombres, atacaba la segunda colina; esta la tomaron de la misma manera, solo para descubrir que aún les quedaba un tercer otero, con mucho el más empinado de los tres.

No era otro que el mamelón mencionado más arriba del puesto avanzado, el cual había sido tomado sobre sus fuegos por el grupo de asalto voluntario durante la noche.

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