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II. Los mensajeros de Arieo

las aldeas del territorio de Babilonia; y en esta esperanza no se vieron defraudados. Aún era por la tarde cuando creyeron divisar algo de caballería enemiga; y aquellos de los helenos que no estaban formados corrieron a sus puestos; y Arieo, que iba montado en un carruaje para curarse una herida, bajó y se puso la coraza, y el resto de su grupo siguió su ejemplo. Mientras se armaban, los exploradores que habían sido enviados por delante regresaron con la información de que no era caballería, sino animales de carga que pastaban. Enseguida quedó claro para todos que debían de estar en algún lugar cercano al campamento del rey. De hecho, se podía ver el humo que se elevaba, evidentemente de aldeas no muy lejanas. Clearco dudó en avanzar sobre el enemigo, sabiendo que las tropas estaban cansadas y hambrientas; y a decir verdad ya era tarde. Por otra parte, tampoco tenía la intención de desviarse de su ruta, para evitar cualquier apariencia de huida. En consecuencia, marchó en línea recta y, al ponerse el sol, entró con su vanguardia en las aldeas más cercanas y acuarteló a su gente.

Estos pueblos habían sido saqueados a conciencia y desmantelados por el ejército real —hasta los mismos mampuestos y muebles de las casas. Aun así, la vanguardia se apañó para alojarse de algún modo; pero la división de retaguardia, al llegar en la oscuridad, tuvo que hacer zafarrancho como pudo, un destacamento tras otro; y armaron un gran estruendo, llamándose a gritos unos a otros, de modo que el enemigo podía oírlos; y los que se hallaban en su inmediata proximidad echaron a correr en realidad, abandonaron sus alojamientos y levantaron el campamento, como quedó bien claro a la mañana siguiente, cuando no se veía ni una bestia, ni rastro de campamento ni columna de humo por ninguna parte de los alrededores.

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