aldea con él para entregárselo a su familia y amigos. También le hizo el regalo de un caballo un tanto viejo que tenía; había oído que el jefe de aldea era sacerdote del sol, y así podría engordar a labestia y sacrificarla; de otro modo temía que se muriera del todo, pues había quedado maltrecha por las largas marchas.
Para sí mismo escogió el mejor de los potros, y dio un potro a cada uno de sus compañeros generales y oficiales.
Los caballos de aquí eran más pequeños que los caballos persas, pero mucho más briosos. Fue también aquí donde su amigo el alcalde les explicó cómo debían envolver las patas de los caballos y del otro ganado con bolsitas o sacos al marchar por la nieve, pues sin tales precauciones los animales se hundían hasta la panza.