hacerlo con Seutes que por su cuenta, por no hablar de todas estas cosas buenas; pero si además iban a recibir paga, eso sí que era un verdadero regalo del cielo». Para concluir los procedimientos, Jenofonte dijo: «Si alguien se opone a la medida, que exponga sus puntos de vista; si no, que el oficial someta la propuesta a votación». Nadie se opuso; la sometieron a votación y la resolución fue aprobada; y sin perder tiempo, le informó a Seutes que saldrían a campaña con
Después de esto las tropas comieron en sus respectivas divisiones, pero los generales y oficiales fueron invitados por Seutes a cenar en una aldea vecina que estaba en su poder. Cuando estaban a las puertas, y a punto de entrar a cenar, les salió al encuentro cierto Heráclides de Maronea (1). Se acercó a cada invitado, dirigiéndose en particular a aquellos de quienes conjeturaba que debían de estar en condiciones de hacer un regalo a Seutes. Primero se dirigió a unos parios que estaban allí para concertar una amistad con Medoco, el rey de los odrisios, y portaban regalos para el rey y para su esposa. Heráclides les recordó: «Medoco está tierra adentro, a doce días de camino desde el mar; pero Seutes, ahora que ha conseguido este ejército, será el señor de la costa; como vuestro vecino, pues, él es quien puede haceros el bien o el mal. Si sois sensatos, le daréis lo que os pida. En general, estará invertido a mejor interés que si se lo dais a Medoco, que vive tan lejos». Ese era su modo de persuasión en el caso de ellos. Después se acercó a Timasión el dardanio, a quien alguien le había dicho que era el feliz poseedor de ciertas copas y alfombras orientales. Lo que le dijo fue: «Es costumbre, cuando la gente es invitada a cenar por Seutes, que los invitados le hagan un regalo; ahora bien, si él llega a ser un personaje