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II. Los drilas

de distraer la atención del enemigo. De este modo se retiraron, aunque con dificultad, y escaparon del lugar interponiendo un fuego entre ellos y el enemigo; y toda la ciudad quedó reducida a cenizas, casas, torreones, empalizadas y cuanto le pertenecía, a excepción de la citadela.

Al día siguiente, los helenos estaban empeñados en regresar con las provisiones; pero como temían el descenso hacia Trapezunte, que era escarpado y estrecho, montaron una falsa emboscada, y un misio, llamado como su nación (Miso) (1), tomó a diez de los cretenses y se detuvo en un terreno cubierto de espesa maleza, donde fingió esforzarse por pasar desapercibido ante el enemigo.

El brillo de sus ligeros escudos, que eran de bronce, relucía de vez en cuando a través de la maleza. El enemigo, al verlo todo a través del matorral, vio confirmados sus temores de que hubiera una emboscada.

Pero el ejército, mientras tanto, descendía sigilosamente; y cuando pareció que habían bajado lo suficiente, se dio la señal al misio para que huyera tan rápido como pudiera, y este, incorporándose, huyó con sus hombres.

El resto del grupo, es decir, los cretenses, diciendo: «Estamos perdidos si corremos», abandonaron el camino y se adentraron en un bosque, y rodando y cayendo por los barrancos se salvaron.

El misio, huyendo por el camino, no dejaba de pedir ayuda, la cual le enviaron, y lo rescataron herido. El grupo de rescate emprendió a su vez la retirada de cara al enemigo, expuesto a una lluvia de proyectiles, a la que algunos de los arqueros cretenses respondieron con sus flechas.

De este modo, todos llegaron sanos y salvos al campamento.

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