dorado de ranúnculos agitados por el viento y una gloria de rosas silvestres, Anne coronó inmediata y generosamente su sombrero con una pesada guirnalda de estas. Pudieran los demás pensar lo que quisieran del resultado, a Anne la satisfacía, y caminó alegremente camino abajo, llevando su cabecita rojiza con su adorno rosa y amarillo muy erguida y con orgullo.
Cuando llegó a la casa de la señora Lynde, descubrió que esta había salido. Nada intimidada, Ana prosiguió su camino sola hacia la iglesia.
En el porche encontró a un grupo de niñas, todas más o menos alegremente ataviadas de blanco, azul y rosa, y todas mirando con ojos curiosos a esta desconocida en medio de ellas, con su extraordinario adorno en la cabeza. Las niñas de Avonlea ya habían oído historias extrañas sobre Ana; la señora Lynde decía que tenía un carácter terrible; Jerry Buote, el muchacho contratado en Green Gables, decía que hablaba todo el tiempo sola o con los árboles y las flores como una chica loca.
La miraron y susurraron entre ellas detrás de sus devocionarios. Nadie hizo ningún avance amistoso, ni entonces ni más tarde, cuando los ejercicios iniciales terminaron y Ana se encontró en la clase de la señorita Rogerson.
La señorita Rogerson era una mujer de mediana edad que había dado clase en la escuela dominical durante veinte años. Su método de enseñanza consistía en leer las preguntas impresas del folleto trimestral y mirar con severidad por encima del borde a la niña concreta que, a su juicio, debía responder.
Miraba muy a menudo a Ana, y Ana, gracias a la preparación de Marilla, respondía con prontitud; pero es dudoso que entendiera gran cosa acerca de la pregunta o de la respuesta.