abetos hasta Laderas del Huerto. El señor Barry y Diana la estaban esperando, y pronto estuvieron en camino.
Fue un largo viaje, pero Anne y Diana disfrutaron de cada minuto. Era encantador traquetear por los caminos húmedos bajo la temprana luz roja del sol que se extendía sigilosa sobre los campos de cosecha segados. El aire era fresco y vigorizante, y pequeñas brumas de color azul humo serpenteaban por los valles y se elevaban desde las colinas. A veces el camino atravesaba bosques donde los arces empezaban a colgar estandartes escarlata; a veces cruzaba ríos por puentes que hacían que la carne de Anne se encogiera con aquel viejo miedo medio delicioso; a veces serpenteaba por la orilla de un puerto y pasaba junto a un pequeño grupo de cabañas de pescadores grises por la intemperie; de nuevo ascendía a colinas desde donde se podía divisar una vasta extensión de tierras altas curvadas o un cielo azul brumoso; pero, fuera donde fuese, había mucho de interesante que comentar. Casi era mediodía cuando llegaron al pueblo y encontraron el camino