Una tarde de junio, cuando los huertos volvían a estar cubiertos de flores rosadas, cuando las ranas cantaban con plateada dulzura en los pantanos de cabecera del Lago de las Aguas Brillantes y el aire se llenaba del aroma de los campos de trébol y de los bosques de abetos balsámicos, Ana estaba sentada junto a la ventana de su guardilla.
Había estado estudiando sus lecciones, pero ya había oscurecido demasiado como para ver el libro, así que se había abismado en un ensueño de ojos bien abiertos, mirando más allá de las ramas de la Reina de la Nieve, una vez más salpicada de estrellas por sus ramilletes de flores.
En todos los aspectos esenciales, el pequeño aposento del desván seguía intacto. Las paredes estaban tan blancas, el alfiletero tan duro y las sillas tan rígida y amarillentemente erguidas como siempre.
Sin embargo, todo el carácter de la habitación había cambiado. Estaba llena de una personalidad nueva, vital y palpitante que parecía impregnarla y ser completamente independiente de los libros, vestidos y cintas de colegiala, e incluso de la jarra azul agrietada llena de flores de manzano sobre la mesa. Era como si todos los sueños, dormidos y despiertos, de su vívida ocupante hubieran tomado una forma visible aunque inmaterial y hubieran entapetado la habitación desnuda con espléndidos tejidos vaporosos de arco iris y luz de luna.
Al poco rato, Marilla entró enérgica con algunos de los delantales escolares de Anne recién planchados. Los colgó sobre una silla y se sentó soltando un breve suspiro. Había tenido uno de sus dolores de cabeza esa tarde y, aunque el dolor se había pasado, se sentía débil y «agotada», como ella misma solía decir. Anne la miró con ojos límpidos de compasión.
—De verdad desearía haber tenido el dolor de cabeza en tu lugar, Marilla. Lo habría soportado alegremente por ti.