La señorita Barry nos dio diez centavos a Diana y a mí para que nos adivinaran la suerte. La mía consistía en que me casaría con un hombre de tez morena y muy rico, y me iría a vivir al otro lado del mar. Miré con atención a todos los hombres morenos que vi después de aquello, pero ninguno me importó mucho y, de todos modos, supongo que todavía es demasiado temprano para andar buscándolo.
Oh, fue un día que jamás se olvidará, Marilla. Estaba tan cansada que no pude dormir por la noche. La señorita Barry nos puso en la habitación de invitados, tal como había prometido. Era una habitación elegante, Marilla, pero de algún modo dormir en una habitación de invitados no es lo que solía pensar que era. Eso es lo peor de crecer, y estoy empezando a darme cuenta. Las cosas que tanto deseabas cuando eras niña no te parecen ni la mitad de maravillosas cuando las consigues.
El jueves las chicas dieron un paseo en coche por el parque, y por la noche la señorita Barry las llevó a un concierto en la Academia de Música, donde iba a cantar una célebre prima donna. Para Ana, la velada fue una brillante visión de deleite.
—Oh, Marilla, fue indescriptible. Estaba tan emocionada que ni siquiera podía hablar, así que ya te imaginarás cómo fue. Me quedé sentada en un silencio embelesado. Madame Selitsky era perfectamente hermosa, y llevaba satén blanco y diamantes. Pero cuando empezó a cantar no volví a pensar en nada más. Oh, no puedo decirte cómo me sentí. Pero me pareció que ya nunca podría ser difícil ser buena. Sentía lo mismo que cuando miro hacia las estrellas. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero, oh, eran lágrimas tan felices. Me dio tanta pena cuando todo terminó, y le dije a la señorita Barry que no veía cómo iba a poder volver a la vida ordinaria otra vez.
Ella dijo que pensaba que si cruzábamos la calle hasta el restaurante y tomábamos un helado, eso podría ayudarme. Me pareció algo muy