Por mucho que odiara a Gilbert, sin embargo, amaba a Diana, con todo el amor de su apasionado coranzoncito, igualmente intenso en sus simpatías y antipasiones.
Una tarde, Marilla, al entrar del huerto con una cesta de manzanas, encontró a Anne sentada sola junto a la ventana del este en la penumbra, llorando amargamente.
—¿Qué ocurre ahora, Ana? —preguntó ella.
—Es sobre Diana —sollozó Ana con deleite—. Quiero tanto a Diana, Marilla. Nunca podré vivir sin ella. Pero sé muy bien que, cuando seamos grandes, Diana se casará, se irá y me dejará. Y ay, ¿qué haré? Odio a su marido... Sencillamente lo odio con furia.
Me lo he estado imaginando todo: la boda y todo lo demás. Diana vestida con ropas níveas, con velo, luciendo tan hermosa y majestuosa como una reina; y yo de dama de honor, también con un vestido precioso y mangas abullonadas, pero con el corazón destrozado oculto tras mi cara sonriente. Y luego diciéndole adiós a Diana-a-a...
Aquí Ana se derrumbó por completo y lloró con creciente amargura.
Marilla se volvió rápidamente para ocultar los tics de su rostro; pero fue inútil; se derrumbó en la silla más cercana y prorrumpió en una carcajada tan estruendosa e inusual que Mateo, que cruzaba el patio exterior, se detuvo asombrado. ¿Cuándo antes le había oído a Marilla reírse así?
—Bueno, Ana Shirley —dijo Marilla en cuanto pudo hablar—, si tienes que ir a buscarte preocupaciones, por el amor de Dios ve a buscarlas más cerca de casa. Creo que imaginación no te falta, desde luego.