—Déjame traerte al menos el almuerzo —suplicó Ana—. Déjame darte un poco de pastel de frutas y algo de confitura de cerezas. Acuéstate en el sofá un ratito y te sentirás mejor. ¿Dónde te sientes mal?
—Tengo que ir a casa —dijo Diana, y eso fue todo lo que quiso decir. En vano suplicó Ana.
—Nunca había oído de una visita que se fuera sin té —lamentó ella.
—Oh, Diana, ¿crees que es posible que de verdad te esté dando la viruela? Si es así, iré a cuidarte, puedes estar segura de eso. Jamás te abandonaré. Pero de verdad desearía que te quedaras hasta después del té. ¿Dónde te sientes mal?
—Me mareo muchísimo —dijo Diana.
Y, en efecto, caminaba muy mareada. Ana, con lágrimas de desilusión en los ojos, fue por el sombrero de Diana y la acompañó hasta la cerca del corral de los Barry.
Luego lloró todo el camino de regreso a Green Gables, donde con tristeza devolvió el resto del cordial de frambuesa a la despensa y preparó el té para Matthew y Jerry, con todo el entusiasmo perdido en la tarea.
El día siguiente fue domingo y, como la lluvia cayó a cántaros desde el alba hasta el anochecer, Ana no salió para nada de Green Gables.
El lunes por la tarde, Marilla la mandó a casa de la señora Lynde a hacer un recado. En muy poco tiempo, Ana regresó volando por el sendero, con lágrimas rodándole por las mejillas. Irrumpió en la cocina y se arrojó boca abajo sobre el sofá sumida en la agonía.
—¿Qué ha vuelto a salir mal, Ana? —preguntó Marilla con dudas y consternación—. De verdad espero que no hayas vuelto a ser grosera con la señora Lynde.